domingo, 7 de octubre de 2012

Muerte.

La muerte es algo tan natural, tan simple, que asusta.
Cuando alguien cercano a ti se muere, te queda un vacío extraño, como si se fuera a un largo viaje del que nunca va a volver.
Miras  una fotografía suya, y te preguntas que donde estará en ese mismo momento, si esta en ese sitio donde se ha ido de vacaciones, cuando realmente está metido en una caja de madera siendo un festín para los gusanos.

Pero el tiempo todo lo cura, o casi todo. Lo único que no tiene remedio posible en esta vida es la muerte.
Es una antítesis curiosa.
El fin de la vida es la muerte, pero a mí me parecen como dos mundos distintos.
No sé, no me parece que morir sea "morir", sino que simplemente sientes y piensas mucho menos. Porque cuando mueres siempre vives en la gente que te quiere, ya sea en forma de pensamiento o de fotografía.
Aunque mueras, sigues presente en el mundo real.


Mi padre murió el nueve de Junio, a las dos de la madrugada, tan plácidamente.
Fue una muerte apacible, simple, sin dolor. Morir durmiendo.
Que bonito.
Era un hombre al que la enfermedad el final pudo. Pero aguantó tres años como un machote con la quimio y después con el reservorio.
Pero cuando pasan tres años y lo ves consumirse lentamente, inconscientemente te vas haciendo a la idea, asumiendo, de que cualquier día, puede ser " El Día".


Me acuerdo perfectamente de ese nueve de Junio; Habíamos ido al pueblo, porque eran las fiestas y por la noche salimos. Eran las ocho de la mañana del nueve de Junio cuando llegué a casa para dormir, a gusto en mi cama. Estaba sumergida en mi mundo de sueños cuando sentí que alguien me llamaba a la realidad.
Abrí los ojos y poco a poco fuí cobrando consciencia.
Era mi madre la que me hablaba. Decía algo de abuelos y muerto, pero no entendí.
Me incorporé y con voz de gangosa le dije que repitiera lo dicho.
Lo oí como quien oye un grito en medio de la noche.
"Son las diez de la mañana, despierta, anoche han llamado los abuelos a las 2:30 y han dicho que papá ha muerto....".
Lo primero que pensé fue nada. Después vi que estaba mirando sin comprender al mueble blanco de mi habitación, interrogante.
Después, y según me levantaba, sentí repugnancia. Porque a las dos de la madrugada, hacía apenas seis horas, mi padre había hechado su último aliento mientras yo estaba con mis amigos bailando, bebiendo, fumando, a saber qué.
Y por último, risa.
Recuerdo que una sonrisa enfermiza se apoderó de mí. No sé porque no podía relajar los músculos faciales. Mientras me duchaba, mientras me vestía, mientras desayunaba, ahí estaba esa sonrisa. Nunca sabría decir el porqué. Quizá por un temporal estado de "sock", o quizá por la alegría y la tranquilidad que inspira saber que ya descansa en paz.

Recuerdo que llegamos al velatorio. Mi madre me dejó allí, ya que no quería entrar por el divorcio de hace años.
Recuerdo que había mucha gente, la mayoría no conocida, que me daba la mano, y me decían algunas palabras.
Recuerdo ver llorar a la abuela y al abuelo y pararme junto al féretro a mirarlo.
Recuerdo poner una mano sobre el cristal del escaparate que lo cubría y sentir su frío.
Recuerdo mi pulso acelerado, y mi abuela abrazándome fuerte diciendo frases inconexas típicas de la histeria.
Me recuerdo a mí, sentada, con la vista fija en un punto y recordando lagunas de lo que alguna vez se llamó mi infancia:
Yo con mi padre en las ferias.
Yo con mi padre en el campo.
Yo con mi padre y las vacas. O algo mas reciente:
Yo con mi padre discutiendo sobre los deberes.
Yo con mi padre en el sofá en silencio después de que me tirara del pelo y me pegara.
Yo con mi padre sin hablarnos durante meses.
El año pasado, yo y mi padre en nuestras últimas vacaciones, en Almería.
Yo y mi padre saliendo a tomar un café.
Yo y mi padre fumando un cigarro.
Yo y mi padre yendo a comer mil veces a nuestro chino.
Yo viendo a mi padre en la cama, con menos movilidad cada vez.
Yo y mi padre, el día de su cumpleaños, con toda la familia, viéndole sonreir en mucho tiempo.
Yo diciendo que le quiero.
Yo despertándome un día sabiendo que ha muerto.
Yo en ese mismo instante recibiendo el pésame de gente desconocida.

La vida es así. Unos días le toca al vecino, otros días a alguien que ves por la calle andando.
Ese dia nos tocó a nosotros.
Asique allí estaba yo, entrando con la gente, saliendo a fumar, pésame, fumar,pésame, fumar y vuelta otra vez.
Llamé a  mi madre a las 15:23, para ir a comer. No aguantaba mas allí dentro. Fui a intentar comer al pueblo, con mi madre y su novio, pero poco conseguí. Asique fui a la cama y me acosté. Durmí hasta las 17:00, que ni siquiera durmí porque me quedé pensando.
Pensar y dormir.
Algo incompatible.

Volví al velatorio para volver a la rutina pésame-cigarro. Estuve hasta las 20:00. Pero no quería irme, Me daba aprensión dejar ahí la caja de madera rodeada de flores donde estaba mi padre. Tenía la sensación de que si me iba, no volvería a verlo jamás. Aver si me explico. Es como si dejara una parte de mí en esa habitación gris llena de gente desconocida.

Me fuí aún sin acabar de asumir que mi padre ya no estuviera con nosotros.
Era una sensación extraña, de pérdida, pero no de pena ni tristeza. Como cuando te mudas de casa, o se te rompe tu jersey favorito. Queda una sensación extraña. Pero te es indiferente, porque ya está hecho y te tienes que acostumbrar al cambio.

Dicen que los cambios siempre son para bien. Eso es mentira. El mundo no sabe matizar sobre lo que quiere o piensa. Que los cambios sean buenos depende de muchos factores, y momentos adecuados. La muerte nunca es un cambio bueno. Porque al fin y al cabo, eso es la muerte.
Un cambio en vida.
A un segundo plano.
Pasas a formar parte de la vida de los demás.****



P.D: Tendría que seguir de alguna forma, pero esto lo dejé y lo he encontrado así hace unos días. Por tanto, así se queda.

Buenos días, opinad sobre esta entrada.
  

2 comentarios:

  1. Jope, he acabado llorando.
    Lo siento mucho:(

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  2. bella sintonia, aunque triste su melodía, recuerda la efimeridad y el sentimiento..quizás sea eso, los recuerdos nos ayudan a seguir sintiendo..

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